jueves, 30 de junio de 2011

Actualización del saqueo

México SA
Minería: espeluznante actualización
A empresas, 26% del territorio nacional
Para los consorcios, 51 millones de hectáreas
Carlos Fernández-Vega
La información actualizada sobre el saqueo minero en México resulta espeluznante: las hectáreas concesionadas por el gobierno federal para tal fin no suman 25 millones (cifra correcta al cierre del sexenio foxista), sino 51 millones, pues durante el calderonato (26 millones de hectáreas cedidas en cuatro años, hasta 2010) ese tipo de cortesías al capital privado se duplicó, de tal suerte que en las dos administraciones panistas alrededor de 26 por ciento del territorio nacional fue entregado a consorcios mineros para su único beneficio.
Un dato revela la dimensión del paradisíaco negocio que el gobierno federal garantiza al capital privado, y el descarado atraco para la República: sólo en 2010, el calderonato concesionó más de 4 millones de hectáreas para su explotación minera, por las que el erario habría recibido (en el mejor de los casos, y utilizando un promedio tarifario) alrededor de 20 millones de dólares. En cambio, ese año los consorcios beneficiados (nacionales y foráneos) ingresaron a sus arcas poco más de 15 mil millones de billetes verdes (50 por ciento más que en 2009), una diferencia de 750 tantos a favor de los segundos. Lo bueno es que la Constitución establece que se trata de bienes bajo “el dominio directo de la nación”.
La información actualizada sobre el número de hectáreas entregadas al capital privado minero proviene de un detallado análisis (El mineral o la vida; la legislación minera en México, abril, 2011), realizado por Francisco López Bárcenas y Mayra Montserrat Eslava Galicia, dos destacados académicos de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, quienes lo comparten con México SA. En él se documenta, por ejemplo, que durante el gobierno de Vicente Fox se concesionaron poco más de 25 millones de hectáreas (promedio anual: 4.2 millones) para los fines citados; en cuatro de años de calderonato se otorgaron casi 26 millones de hectáreas (promedio anual: 6.4 millones), de tal suerte que entre ambos entregaron alrededor de 25 mil concesiones, poco más de 51 millones de hectáreas, algo así como 26 por ciento del territorio continental mexicano.
López Bárcenas y Eslava Galicia señalan que la minería es una industria floreciente en México. Su incidencia en la economía nacional comenzó a tener importancia en la década de los noventa, después de la reforma al artículo 27 constitucional (1992, Carlos Salinas de Gortari) y la firma del TLCAN, dos hechos importantes en el futuro de la industria minera: el primero permitió el cambio en la orientación de la legislación respectiva, mientras el segundo marcó las pautas de lo que debería aprobarse, lo cual no sólo se reduce a la legislación minera, pues incluye el acceso a la tierra bajo la cual se encuentran los minerales, el uso del suelo, el uso del agua para el procesamiento del mineral, la prevención o remediación de la contaminación ambiental y la inversión extranjera en este rubro.
Dicha actividad se regula por diversas leyes, pero la central es la Ley Minera. “En ella, el carácter de la actividad minera se aparta de los fines establecidos en la Constitución, como aprovechar los recursos naturales para conseguir el beneficio social, hacer una distribución equitativa de la riqueza pública, cuidar su conservación, lograr el desarrollo equilibrado del país y el mejoramiento de las condiciones de vida de los mexicanos. Contrario a estos fines, la Ley Minera declara la actividad como de utilidad, preferente a cualquier otra actividad y libre de contribuciones estatales o municipales”. Por si fuera poco, a partir de 2006 la concesión minera es única, es decir, no es posible diferenciar entre la otorgada para la exploración y la autorizada para explotación.
Pero no sólo se pueden explotar los minerales enunciados expresamente en la ley sino también otros que determine el Ejecutivo federal, atendiendo a su uso industrial debido al desarrollo de nuevas tecnologías, indican los académicos. “Se trata de una disposición demasiado abierta que otorga facultades al presidente de la República para que declare, por la vía de un decreto administrativo, es decir, sin pasar por el Congreso de la Unión y por lo mismo sin tener carácter de ley, como minerales o sustancias que en vetas, mantos, masas o yacimientos constituyen depósitos distintos de los componentes de los terrenos, o cualquier sustancia que en el futuro pueda ser comercializable en el mercado internacional… Si esta situación llegara a presentarse tendríamos un grupo de disposiciones legales y otro de disposiciones reglamentarias que enunciarían las sustancias reguladas en la ley minera, lo cual no tiene más objetivo que evitar su discusión por el Poder Legislativo si se aumentan o no las sustancias sobre las cuales el Estado puede otorgar concesiones para su aprovechamiento a los particulares. En otras palabras, sería un reglamento el que regulara una disposición constitucional”.
No acaba allí el paraíso: la norma aplicable “prevé que si las sustancias que llegaran a catalogarse como minerales ya se estuvieran explotando por particulares, éstos tendrían el derecho preferente para obtener la concesión minera correspondiente, para lo cual bastaría que lo solicitaran y reunieran los requisitos que la ley exige para otorgarlas. Otras personas que no estuvieran explotándolas y tuvieran interés en hacerlo quedarían excluidas, situación que podría dar lugar a la concentración de las concesiones en unas cuantas empresas.
Entre los minerales que tienen una fuerte importancia en la industria y que es probable que se comiencen a explotar en los próximos años se encuentra el berilio (que se emplea en diversas aplicaciones, como la fabricación de computadoras, sensores, aviones, misiles, satélites y hasta en cabezas nucleares); el indio (interruptores cerámicos de los celulares y junto con el tantalio –bajo la forma de compuesto bario-zinc-óxido de tantalio– son componentes claves de las estaciones de las redes telefónicas de celulares; el indio, en el compuesto indio-galio-arsénico, también se usa para fabricar displays de cristal líquido o pantallas planas; el galio en circuitos integrados, junto con cadmio, selenio, telurio e indio, en la industria de las celdas fotovoltaicas); el germanio (fibra óptica, radares y electrónicos); el platino (lo mismo se emplea en convertidores catalíticos de automóviles, que en fabricación de circuitos integrados, electrónicos, capacitadores o monitores de cristal líquido), y el titanio (clave en la construcción de los arcos estructurales y sistemas de propulsión de los aviones y el dióxido de titanio de alta pureza, básico para el corazón dieléctrico de los teléfonos).
Las rebanadas del pastel
Pues nada, que lo del FMI es otro “catarrito” para el doctor Agustín Carstens.
cfvmexico_sa@hotmail.comhttp://twitter.com/cafevega
tomado de http://www.jornada.unam.mx/2011/06/30/opinion/032o1eco

martes, 28 de junio de 2011

El saqueo compartido

México SA
Minería: saqueo institucionalizado
¿Dominio directo de la nación?
Trasnacionales: 40 centavos por dólar
Carlos Fernández-Vega

Nada mal camina el negocio, sobre todo cuando se recuerda que se trata de bienes bajo el dominio directo de la nación”, como lo establece la Constitución de la República: de cada dólar de producción minera en México, 40 centavos terminan en las alforjas de empresas trasnacionales concesionadas por el gobierno federal, especialmente canadienses. Así de sencillo: de los cerca de 10 mil millones de dólares en ventas (dato de 2009, año de la crisis) que oficialmente generó la minería en el país, alrededor de 4 mil millones de billetes verdes fueron a parar a los balances financieros de dichos consorcios foráneos, es decir, la misma cantidad que invirtieron ese año, pero para hacer negocio durante cuando menos dos décadas.
Se trata del boyante negocio de la minería en México (con ingresos majestuosos para los empresarios concesionados, salarios de hambre para los trabajadores y aire para las arcas públicas), que desde hace 20 años pasó del Estado a manos privadas, vía generosas concesiones (paraíso fiscal incluido), por decisión de los gobiernos neoliberales que sin rubor alguno se han pasado la Constitución por el arco del triunfo. A cambio, por cada una de las más de 25 millones de hectáreas concesionadas en dicho periodo para tal fin, semestralmente el erario recibe entre 5.08 y 111 pesos (tarifas 2011), cuando pagan.
En la entrega de ayer se documentó el espeluznante caso de la mina El Boleo, en Santa Rosalía, Baja California Sur. Alguien podría suponer que esa es la excepción, pero no: es la regla, por mucho que el secretario de Economía, Bruno Ferrari (titular de la dependencia que expide las concesiones respectivas) asegure que en México “la minería ha sido sinónimo de crecimiento, dinamismo y transformación para el país… debemos continuar haciendo de este sector un pilar de la economía y una punta de lanza de nuestra productividad”.
De acuerdo con información de la Cámara Minera de México, la inversión extranjera directa en este sector durante el sexenio calderonista (2007-2012) ascendería a 22 mil millones de dólares, de los que 13 mil millones se invertirían entre 2010 y 2012. El 75 por ciento de ese capital corresponde a consorcios canadienses (que se quedan con la gran tajada), y 15 por ciento a estadunidenses. Lo mejor del caso es que se trata de bienes bajo “el dominio directo de la nación”.
El citado Bruno Ferrari también asegura que los mineros mexicanos tienen “un salario que es mayor en una tercera parte al resto del promedio nacional”. Si fue chiste, resulta bastante malo, pero peor aún es el panorama salarial para los trabajadores: de acuerdo con la estadística del Inegi, en 1998 la remuneración nominal promedio (salarios y sueldos, siendo éstos mucho mayores que los primeros) en el sector fue de 148.6 pesos; en 2008 ascendió a 231.17 pesos, un incremento de 55.56 por ciento en el periodo, es decir, la mitad del crecimiento inflacionario en igual lapso (108.22 por ciento, con información del Banco de México). De cualquier suerte, con 231.17 pesos a nadie le alcanza para vivir, salvo a Ernesto Cordero.
Lo anterior se compara con los felices resultados para las empresas mineras (nacionales y foráneas) concesionadas por el gobierno federal: entre 1998 y 2008 el número de unidades económicas censadas apenas creció 1.45 por ciento, pero su producción bruta total se incrementó 175 por ciento, sus activos fijos netos 385 por ciento y sus ingresos 165 por ciento. Pero más allá de las tarifas de mentiritas que dice el gobierno que les cobra, su ganancia también se ha fortalecido por otra parte: en igual lapso, el número de trabajadores a su servicio sólo avanzó 11.6 por ciento, de tal suerte que con un salario real cada día menor, las cargas de trabajo se han incrementado brutalmente.
Ese es el resultado concreto de la gerencia instalada en Los Pinos, o si se prefiere el “sinónimo de crecimiento, dinamismo y transformación para el país” (Ferrari dixit), aunque justo es mencionar que en todo esto el Poder Legislativo no está libre de responsabilidad. No sólo aprobó las “modificaciones” (un giro de 180 grados) a leyes secundarias para que “el dominio directo de la nación” en materia minera simplemente quedara en el papel, sino que el tema es de su interés (por llamarle de alguna forma) sólo cuando le es políticamente útil. Para lo demás, el business es el business.
Justo en 2009, cuando las empresas mineras que operan en México obtuvieron los citados 10 mil millones de dólares, en el Senado de la República se presentó una iniciativa de ley, que en su parte medular proponía “el cobro de un derecho por el 4 por ciento sobre el valor de los bienes sujetos a extracción, cuantificado en el lugar donde se dan estas actividades, independientemente del domicilio fiscal de las empresas o particulares, titulares de la concesión o asignación minera correspondiente”. Lo anterior, en el entendido de que los consorcios nacionales y foráneos nada pagan por la enorme riqueza puesta a su disposición por los generosos gobiernos neoliberales.
Uno de los elementos que sustentó tal iniciativa resulta tan simple como aberrante: por obra y gracia del gobierno federal, no sin la santa mano del Legislativo, los beneficiarios de concesiones y asignaciones mineras en México deben pagar semestralmente, por cada hectárea o fracción concesionada o asignada, el derecho sobre minería de acuerdo con una tarifa de cuotas, las cuales son verdaderamente ridículas, pues en 2009 se fijaron entre 5 (la mínima) y 101 pesos (la máxima) por hectárea, de acuerdo con los años de vigencia de la concesión, independientemente del valor y el volumen del mineral obtenido.
Ante tal propuesta, rápidamente la oligarquía minera soltó a sus “cabilderos” –la propia Secretaría de Economía, entre ellos– para que tal iniciativa no pasara de ser leída ante el pleno. Directamente se envió al bote de la basura, y a cambio en la Ley de Ingresos de la Federación para el ejercicio fiscal 2010 quedó claro que por concepto de regalías provenientes de fondos y explotaciones mineras, el erario recibiría cero peso, cero centavos, y que las tarifas por hectárea serían de 5.08 pesos (la mínima) y 111.27 pesos (la máxima). Para 2011, la misma ley, aprobada por el Legislativo, ratificó la decisión. El saqueo, pues, institucionalizado.
Las rebanadas del pastel
Otra vez el río de mierda cubre a Nezahualcóyotl y Ecatepec, luego de los desbordamientos del Bordo de Xochiaca y el Dren General del Valle de México. Con el agua hasta el cuello, los habitantes de dichos asentamientos deben recordar el otro río de mierda, disfrazado de discurso y lleno de promesas, que también todos los años dejan correr los políticos: “nunca más otra inundación”.
http://www.jornada.unam.mx/2011/06/28/opinion/030o1eco

El saqueo

México SA
BCS: historias del saqueo minero
A canadienses, la mina El Boleo
Tiendas de raya y salarios de hambre
Carlos Fernández-Vega
A punto de cumplir dos décadas, las modificaciones a la ley minera cumplieron cabalmente con su objetivo: mediante generosas concesiones gubernamentales, los empresarios autóctonos y foráneos dedicados a explotar la riqueza nacional en esta actividad han incrementado sus fortunas de forma exponencial, mientras el país y sus habitantes nada reciben a cambio, salvo el saqueo permanente de las cerca de 25 millones de hectáreas concesionadas en esos 20 años, hasta ahora.
En efecto, en 1992 Salinas de Gortari modificó la ley minera y comenzaron las concesiones al capital privado. En 1993 desapareció el “tope” a la participación extranjera en este sector estratégico (justo antes de la entrada en vigor del TLCAN). En 1996 Zedillo metió el acelerador hasta el fondo, Fox hizo lo propio (2005) y todos, Calderón incluido, entregaron, entregan, concesiones sin ton ni son al capital privado (nacional y foráneo), garantizando el paraíso. Este grupo eliminó impuestos a la actividad minera, autorizó pagos simbólicos por hectárea explotada, redujo a su mínima expresión las normas aplicables a los empresarios concesionados y ha permitido todo tipo de violación a la legislación laboral, fiscal y medio ambiental.
Sirva lo anterior para entender el alcance del nuevo proyecto minero de la canadiense Baja Mining Corporation, empresa que obtuvo una concesión del gobierno calderonista para explotar la mina El Boleo, en Santa Rosalía, Baja California Sur. El colega Tulio Ortiz Uribe, editor de la revista La Tijereta, que circula en dicho estado de la República, documentó el caso y lo comparte con México SA, en una historia que se repite.
Nuevos inversionistas llegan para despertar a Santa Rosalía de su letargo. Así fue en 1885 y en 1957. Auge y caída de una sociedad sin rumbo, donde el modo de producción se determina en los centros de poder económico y político. Los recursos materiales y humanos al servicio de las trasnacionales. Baja Mining invertirá mil 300 millones de dólares, pero obtendrá 10 mil 500 millones. En 20 años, al término de la concesión, Santa Rosalía volverá a ser un pueblo fantasma. El consorcio promete mil empleos directos para darle oxígeno a un pueblo que desfallece. Salarios raquíticos que sólo servirán para reponer la energía perdida.
Pero en el gobierno federal alguien miente. Para el secretario de Economía, Bruno Ferrari (quien el pasado 16 de junio dio el banderazo de salida), los mineros mexicanos tienen “un salario que es mayor en una tercera parte al resto del promedio nacional”. Sin embargo la Secretaría del Trabajo documenta que el salario promedio de los mineros es de 150 pesos diarios, oscilando entre 400 y 800 pesos semanales, según trabajen bajo contrato colectivo o para una empresa contratista; es decir, los mineros ganan menos que un albañil y la mitad que un empleado de comercio.
Ayer con los franceses de El Boleo: dos pesos por jornal en vales canjeables en las tiendas de raya. Hoy con Baja Mining: exención de todos los impuestos federales y locales por 20 años; cero impuestos durante 50 años a la exportación del cobre, y la construcción de un puerto de altura y cabotaje para la salida de los minerales, a costa de los contribuyentes mexicanos. Este 16 de junio, la Administración Portuaria Integral presentó el proyecto de lo que será el muelle para el embarque de los minerales que saldrán del estado: posiciones para atraque, tuberías de carga y descarga, vialidades, bandas transportadoras para mover anualmente 50 mil toneladas de cobre; mil 700 toneladas de cobalto y 25 mil toneladas de sulfato de zinc. Todo, sin costo para los inversionistas, que, “gracias a su determinación, se cristaliza un sueño que empezó hace generaciones y que hoy cobra nueva vida”, les dice Bruno Ferrari. Bienvenidos, saqueen, exploten, pero creen empleos. Al precio que sea.
Empleos para suavizar un poco la marginación y el rezago social en un municipio donde 53 por ciento de la población con 15 años y más no terminó la educación básica; 6 por ciento es analfabeta; 9 por ciento (de 6 a 14 años) no asiste a la escuela; 35 por ciento no tiene acceso a los servicios de salud; 20 por ciento no cuenta con agua potable; 22 por ciento sin drenaje; 42 por ciento no tienen lavadora y 30 por ciento de los trabajadores gana hasta dos salarios mínimos (119.64 diarios como máximo). Estos son los saldos de la explotación minera. Pero los funcionarios federales son incapaces de ver la realidad. Dice Bruno Ferrari: “la minería ha sido sinónimo de crecimiento, dinamismo y transformación para el país, debemos continuar haciendo de este sector un pilar de la economía y una punta de lanza de nuestra productividad”.
Sólo hasta 1925, cuarenta años después de que arrancó el proyecto El Boleo, los franceses aceptaron un reglamento que normaba las relaciones de trabajo. Bajo ese convenio, se comprometieron a otorgar servicio médico gratuito a los trabajadores y sus familias, derecho de indemnización por accidente y lámparas de carburo y máscaras para quienes laboraban en la fundición. Pero en 100 años el estado de cosas no ha cambiado mucho. Se puede leer en el proyecto de Baja Mining (un consorcio canadiense-coreano-japonés): “excelente apoyo federal, estatal y local”, y agrega: El Boleo tiene “uno de los costos más bajos en el mundo por libra de cobre producido: 29 centavos de dólar. No podía ser de otra forma, con el “excelente apoyo” que reciben de las autoridades.
La ley respectiva establece: “los titulares de concesiones y asignaciones mineras pagarán semestralmente por cada hectárea o fracción concesionada o asignada (…): durante el primero y segundo año de vigencia: 5 pesos 8 centavos por hectárea… del décimo en adelante 111 pesos”. Una ganga si se piensa en las 50 mil toneladas de cobre que Baja Mining obtendrá anualmente, con la perspectiva de que el precio internacional del cobre aumente 49 por ciento anual.
A principios del siglo pasado, El Boleo llegó a aportar 90 por ciento de la producción nacional de cobre. Sólo entre 1920 y 1940 salieron 175 mil 602 toneladas para impulsar la economía francesa. Ahora, las venas de la Península volverán a abrirse para ofrecer sus tesoros. Con las nuevas tecnologías, en 20 años de El Boleo extraerán un millón de toneladas de cobre, 40 mil de cobalto y 500 mil de sulfato de zinc. ¿Quién puede ofrecerles un negocio tan próspero? Por esto nuestros pueblos mineros quedan vacíos, en la pobreza, pueblos-fantasma. Sólo queda la chatarra, los recuerdos, los tajos abiertos, las heridas que no cicatrizan en la tierra, concluye Tulio Ortiz.
Las rebanadas del pastel
Como diría Eduardo Galeano: “la división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar, y otros en perder”.
cfvmexico_sa@hotmail.commexicosa@infinitum.com.mxhttp://twitter.com/cafevega
Tomado de http://www.jornada.unam.mx/2011/06/27/opinion/028o1eco

jueves, 23 de junio de 2011

Incremento de la riqueza y las muertes violentas ¿habrá relación?

¿Habrá una relación entre el incremento de la riqueza de los ricos y el incremento de los muertos entre los pobres?
La riqueza de los ricos aumento 10% en plena crisis. Mientras hay un incremento de las muertes violentas en todo el mundo. Nomás en México, por no mencionar Centro América, la tasa de muertes violentas aumentó  en los últimos cuatro años en un 540%.
Pueden consultar los datos de riqueza y muertes en:

domingo, 19 de junio de 2011

Partidos tradicionales

Los partidos institucionales sólo piensan en maniobras, alianzas entre ellos y votos en un Parlamento que goza de grandes sueldos y privilegios y en el que sesionan decenas de diputados y senadores procesados o que compraron sus curules por 200 mil dólares, como todo el país sabe.

Prólogo a la HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

Prólogo a la HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA
En los dos primeros meses del año 1917 reinaba todavía en Rusia la dinastía de los Romanov. Ocho meses después estaban ya en el timón los bolcheviques, un partido ignorado por casi todo el mundo a principios de año y cuyos jefes, en el momento mismo de subir al poder, se hallaban aún acusados de alta traición. La historia no registra otro cambio de frente tan radical, sobre todo si se tiene en cuenta que estamos ante una nación de ciento cincuenta millones de habitantes. Es evidente que los acontecimientos de 1917, sea cual fuere el juicio que merezcan, son dignos de ser investigados.
La historia de la revolución, como toda historia, debe, ante todo, relatar los hechos y su desarrollo. Mas esto no basta. Es menester que del relato se desprenda con claridad por qué las cosas sucedieron de ese modo y no de otro. Los sucesos históricos no pueden considerarse como una cadena de aventuras ocurridas al azar ni engarzarse en el hilo de una moral preconcebida, sino que deben someterse al criterio de las leyes que los gobiernan. El autor del presente libro entiende que su misión consiste precisamente en sacar a la luz esas leyes.El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos.
Cuando en una sociedad estalla la revolución, luchan unas clases contra otras, y, sin embargo, es de una innegable evidencia que las modificaciones por las bases económicas de la sociedad y el sustrato social de las clases desde que comienza hasta que acaba no bastan, ni mucho menos, para explicar el curso de una revolución que en unos pocos meses derriba instituciones seculares y crea otras nuevas, para volver en seguida a derrumbarlas. La dinámica de los acontecimientos revolucionarios se halla directamente informada por los rápidos tensos y violentos cambios que sufre la sicología de las clases formadas antes de la revolución.
La sociedad no cambia nunca sus instituciones a medida que lo necesita, como un operario cambia sus herramientas. Por el contrario, acepta prácticamente como algo definitivo las instituciones a que se encuentra sometida. Pasan largos años durante los cuales la obra de crítica de la oposición no es más que una válvula de seguridad para dar salida al descontento de las masas y una condición que garantiza la estabilidad del régimen social dominante; es, por ejemplo, la significación que tiene hoy la oposición socialdemócrata en ciertos países. Han de sobrevenir condiciones completamente excepcionales, independientes de la voluntad de los hombres o de los partidos, para arrancar al descontento las cadenas del conservadurismo y llevar a las masas a la insurrección.
Por tanto, esos cambios rápidos que experimentan las ideas y el estado de espíritu de las masas en las épocas revolucionarias no son producto de la elasticidad y movilidad de la psiquis humana, sino al revés, de su profundo conservadurismo. El rezagamiento crónico en que se hallan las ideas y relaciones humanas con respecto a las nuevas condiciones objetivas, hasta el momento mismo en que éstas se desploman catastróficamente, por decirlo así, sobre los hombres, es lo que en los períodos revolucionarios engendra ese movimiento exaltado de las ideas y las pasiones que a las mentalidades policiacas se les antoja fruto puro y simple de la actuación de los «demagogos». Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja. Sólo el sector dirigente de cada clase tiene un programa político, programa que, sin embargo, necesita todavía ser sometido a la prueba de los acontecimientos y a la aprobación de las masas. El proceso político fundamental de una revolución consiste precisamente en que esa clase perciba los objetivos que se desprenden de la crisis social en que las masas se orientan de un modo activo por el método de las aproximaciones sucesivas. Las distintas etapas del proceso revolucionario, consolidadas pro el desplazamiento de unos partidos por otros cada vez más extremos, señalan la presión creciente de las masas hacia la izquierda, hasta que el impulso adquirido por el movimiento tropieza con obstáculos objetivos. Entonces comienza la reacción: decepción de ciertos sectores de la clase revolucionaria, difusión del indeferentismo y consiguiente consolidación de las posiciones adquiridas por las fuerzas contrarrevolucionarias. Tal es, al menos, el esquema de las revoluciones tradicionales.
Sólo estudiando los procesos políticos sobre las propias masas se alcanza a comprender el papel de los partidos y los caudillos que en modo alguno queremos negar. Son un elemento, si no independiente, sí muy importante, de este proceso. Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor.
Son evidentes las dificultades con que tropieza quien quiere estudiar los cambios experimentados por la conciencia de las masas en épocas de revolución. Las clase oprimidas crean la historia en las fábricas, en los cuarteles, en los campos, en las calles de la ciudad. Mas no acostumbran a ponerla por escrito. Los períodos de tensión máxima de las pasiones sociales dejan, en general, poco margen par ala contemplación y el relato. Mientras dura la revolución, todas las musas, incluso esa musa plebeya del periodismo, tan robusta, lo pasan mal. A pesar de esto, la situación del historiador no es desesperada, ni mucho menos. Los apuntes escritos son incompletos, andan sueltos y desperdigados. Pero, puestos a la luz de los acontecimientos, estos testimonios fragmentarios permiten muchas veces adivinar la dirección y el ritmo del proceso histórico. Mal o bien, los partidos revolucionarios fundan su técnica en la observación de los cambios experimentados por la conciencia de las masas. La senda histórica del bolchevismo demuestra que esta observación, al menos en sus rasgos más salientes, es perfectamente factible. ¿Por qué lo accesible al político revolucionario en el torbellino de la lucha no ha de serlo también retrospectivamente al historiador?
Sin embargo, los procesos que se desarrollan en la conciencia de las masas no son nunca autóctonos ni independientes. Pese a los idealistas y a los eclécticos, la conciencia se halla determinada por la existencia. Los supuestos sobre los que surgen la Revolución de Febrero y su suplantación por la de Octubre tienen necesariamente que estar informados por las condiciones históricas en que se formó Rusia, por su economía, sus clases, su Estado, por las influencias ejercidas sobre ella por otros países. Y cuanto más enigmático nos parezca el hecho de que un país atrasado fuera el primero en exaltar al poder al proletariado, más tenemos que buscar la explicación de este hecho en las características de ese país, o sea en lo que le diferencia de los demás.En los primeros capítulos del presente libro esbozamos rápidamente la evolución de la sociedad rusa y de sus fuerzas intrínsecas, acusando de este modo las peculiaridades históricas de Rusia y su peso específico. Confiamos en que el esquematismo de esas páginas no asustará al lector. Más adelante, conforme siga leyendo, verá a esas mismas fuerzas sociales vivir y actuar.
Este trabajo no está basado precisamente en los recuerdos personales de su autor. El hecho de que éste participara en los acontecimientos no le exime del deber de basar su estudio en documentos rigurosamente comprobados. El autor habla de sí mismo allí donde la marcha de los acontecimientos le obliga a hacerlo, pero siempre en tercera persona. Y no por razones de estilo simplemente, sino porque el tono subjetivo que en las autobiografías y en las memorias es inevitable sería inadmisible en un trabajo de índole histórica.Sin embargo, la circunstancia de haber intervenido personalmente en la lucha permite al autor, naturalmente, penetrar mejor, no sólo en la sicología de las fuerzas actuantes, las individuales y las colectivas, sino también en la concatenación interna de los acontecimientos. Mas para que esta ventaja dé resultados positivos, precisa observar una condición, a saber: no fiarse a los datos de la propia memoria, y esto no sólo en los detalles, sino también en lo que respecta a los motivos y a los estados de espíritu. El autor cree haber guardado este requisito en cuanto de él dependía.
Todavía hemos de decir dos palabras acerca de la posición política del autor, que en función de historiador, sigue adoptando el mismo punto de vista que adoptaba en función de militante ante los acontecimientos que relata. El lector no está obligado, naturalmente, a compartir las opiniones políticas del autor, que éste, por su parte, no tiene tampoco por qué ocultar. Pero sí tiene derecho a exigir de un trabajo histórico que no sea precisamente la apología de una posición política determinada, sino una exposición, internamente razonada, del proceso real y verdadero de la revolución. Un trabajo histórico sólo cumple del todo con su misión cuando en sus páginas los acontecimientos se desarrollan con toda su forzosa naturalidad.
¿Mas tiene esto algo que ver con la que llaman «imparcialidad» histórica? Nadie nos ha explicado todavía claramente en qué consiste esa imparcialidad. El tan citado dicho de Clemenceau de que las revoluciones hay que tomarlas o desecharlas en bloc es, en el mejor de los casos, un ingenioso subterfugio: ¿cómo es posible abrazar o repudiar como un todo orgánico aquello que tiene su esencia en la escisión? Ese aforismo se lo dicta a Clemenceau, por una parte, la perplejidad producida en éste por el excesivo arrojo de sus antepasados, y, por otra, la confusión en que se halla el descendiente ante sus sombras.
Uno de los historiadores reaccionarios, y, por tanto, más de moda en la Francia contemporánea, L. Madelein, que ha calumniado con palabras tan elegantes a la Gran Revolución, que vale tanto como decir a la progenitora de la nación francesa, afirma que «el historiador debe colocarse en lo alto de las murallas de la ciudad sitiada, abrazando con su mirada a sitiados y sitiadores»; es, según él, la única manera de conseguir una «justicia conmutativa». Sin embargo, los trabajos de este historiador demuestran que si él se subió a lo alto de las murallas que separan a los dos bandos, fue, pura y simplemente, para servir de espía a la reacción. Y menos mal que en este caso se trata de batallas pasadas, pues en épocas de revolución es un poco peligroso asomar la cabeza sobre las murallas. Claro está que, en los momentos peligrosos, estos sacerdotes de la «justicia conmutativa» suelen quedarse sentados en casa esperando a ver de qué parte se inclina la victoria.
El lector serio y dotado de espíritu crítico no necesita de esa solapada imparcialidad que le brinda la copa de la conciliación llena de posos de veneno reaccionario, sino de la metódica escrupulosidad que va a buscar en los hechos honradamente investigados, apoyo manifiesto para sus simpatías o antipatías disfrazadas, a la contrastación de sus nexos reales, al descubrimiento de las leyes por que se rigen. Ésta es la única objetividad histórica que cabe, y con ella basta, pues se halla contrastada y confirmada, no por las buenas intenciones del historiador de que él mismo responde, sino por las leyes que rigen el proceso histórico y que él se limita a revelar.
Para escribir este libro nos han servido de fuentes numerosas publicaciones periódicas, diarios y revistas, memorias, actas y otros materiales, en parte manuscritos y, principalmente, los trabajos editados por el Instituto para la Historia de la Revolución en Moscú y Leningrado. Nos ha parecido superfluo indicar en el texto las diversas fuentes, ya que con ello no haríamos más que estorbar la lectura. Entre las antologías de trabajos históricos hemos manejado my en particular los dos tomos de los Apuntes para la Historia de la Revolución de Octubre (Moscú-Leningrado, 1927). Escritos por distintos autores, los trabajos monográficos que forman estos dos tomos no tienen todos el mismo valor, pero contienen, desde luego, abundante material de hechos. Cronológicamente nos guiamos en todas las fechas por el viejo calendario, rezagado en trece fechas, como se sabe, respecto al que regía en el resto del mundo y hoy rige también en los Soviets. El autor no tenía más remedio que atenerse al calendario que estaba en vigor durante la revolución. Ningún trabajo le hubiera costado, naturalmente, trasponer las fechas según el cómputo moderno. Pero esta operación, eliminando unas dificultades, habría creado otras de más monta. El derrumbamiento de la monarquía pasó a la historia con el nombre de Revolución de Febrero. Sin embargo, computando la fecha por el calendario occidental, ocurrió en marzo. La manifestación armada que se organizó contra la política imperialista del gobierno provisional figura en la historia con el nombre de «jornadas de abril», siendo así que, según el cómputo europeo, tuvo lugar en mayo. Sin detenernos en otros acontecimientos y fechas intermedios, haremos notar, finalmente, que la Revolución de Octubre se produjo, según el calendario europeo, en noviembre. Como vemos, ni el propio calendario se puede librar del sello que estampan en él los acontecimientos de la Historia, y al historiador no le es dado corregir las fechas históricas con ayuda de simples operaciones aritméticas. Tenga en cuenta el lector que antes de derrocar el calendario bizantino, la revolución hubo de derrocar las instituciones que a él se aferraban.
L. TROTSKI
Prinkipo

Elogio de Karl Marx por Terry Eagleton

El pasado 5 de mayo se cumplieron 193 años del nacimiento en Tréveris del gran barbudo, el intelectual más influyente y más citado del mundo contemporáneo. Asombrosamente, no sólo ha enterrado a cinco generaciones de críticos, pseudocríticos y conspiradores del silencio, sino que ha logrado sobrevivir también al heteróclito y nutridísimo club al que, como su socarrón homónimo, siempre se negó a pertenecer: el de los “marxistas”. Engels recordó con amargura poco antes de morir que Marx tuvo, como Heine, la desgracia de “sembrar dragones, y a trueque, cosechar demasiadas pulgas”. El amigo Anaclet Pons nos envía esta traducción suya del ingenioso artículo del crítico literario británico Terry Eagleton recientemente publicado en The Chronicle Of Higher Education. Con agradecimientos muy especiales a su traductor, lo reproducimos a continuación en SP.
Alabar a Karl Marx puede parecer tan perverso como dedicarle una palabra amable al estrangulador de Boston. ¿No eran las ideas de Marx responsables de despotismo, asesinato en masa, campos de trabajo, catástrofe económica y pérdida de libertad para millones de hombres y mujeres? ¿No fue uno de sus devotos discípulos un campesino georgiano paranoide de nombre Stalin, y no hubo otro que fue un brutal dictador chino que bien puede haber teñido sus manos con la sangre de unos 30 millones de personas?
La verdad es que Marx no fue más responsable de la opresión monstruosa del mundo comunista de lo que lo fue Jesús de la Inquisición. Por un lado, Marx habría despreciado la idea de que el socialismo pudiera echar raíces en sociedades atrasadas, de una pobreza desesperada y crónica, como Rusia y China. Si así fuera, entonces el resultado sería simplemente lo que él llamó “la escasez generalizada”, lo que quiere decir que todo el mundo estaría privado, no sólo los pobres. Esto significaría volver a “toda la porquería anterior” -o, con una traducción menos fina, a “la mierda de siempre”. El marxismo es una teoría de cómo las adineradas naciones capitalistas podrían utilizar sus inmensos recursos para lograr la justicia y la prosperidad para sus pueblos. No es un programa por el cual naciones carentes de recursos materiales, de una cultura cívica floreciente, de un patrimonio democrático, de una tecnología bien desarrollada, de tradiciones liberales ilustradas y de una mano de obra educada y cualificada puedan catapultarse a sí mismas a la era moderna.
(…) de otra parte, este desarrollo de las fuerzas productivas (que entraña ya, al misma tiempo, una existencia empírica dada en un plano histórico-universal, y no en la existencia puramente local de los hombres) constituye también una premisa práctica absolutamente necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería necesariamente en toda la porquería anterior.— Karl Marx, La ideología alemana.
Marx sin duda quería ver prosperar la justicia y la prosperidad en tales lugares. Escribió con rabia y con elocuencia acerca de varias de las oprimidas colonias de Gran Bretaña, y no menos de Irlanda y de la India. Y el movimiento político que su trabajo puso en marcha ha hecho más para ayudar a las naciones pequeñas a deshacerse de sus amos imperialistas que cualquier otra corriente política. Sin embargo, Marx no era tan incauto como para imaginar que el socialismo se pudiera construir en esos países sin que las naciones más avanzadas les prestaran su ayuda. Y eso significaba que la gente común de los países avanzados tenían que arrancar los medios de producción de manos de sus gobernantes y ponerlos al servicio de los condenados de la tierra. Si esto hubiera sucedido en la Irlanda del siglo XIX, no habría habido el hambre que envió a un millón de hombres y mujeres a la tumba y a otros dos o tres millones hasta los confines de la tierra.
Hay un sentido en el que el conjunto de los escritos de Marx se pueden resumir en varias preguntas embarazosas: ¿Por qué el Occidente capitalista ha acumulado más recursos de los que jamás hemos visto en la historia humana y, sin embargo, parece incapaz de superar la pobreza, el hambre, la explotación y la desigualdad? ¿Cuáles son los mecanismos por los cuales la riqueza de una minoría parece engendrar miseria e indignidad para la mayoría? ¿Por qué la riqueza privada parecen ir de la mano con la miseria pública? ¿Es, como sugieren los reformistas liberales de buen corazón, que no hemos conseguido eliminar estas bolsas de miseria humana, pero que lo haremos con el paso del tiempo? ¿O es más plausible sostener que hay algo en la naturaleza del capitalismo que genera privación y desigualdad, tan cierto como que Charlie Sheen genera chismes?
Marx fue el primer pensador en hablar en esos términos. Este desarrapado exiliado judío, un hombre que una vez comentó que nadie había escrito tanto sobre el dinero y tenía tan poco, nos legó el lenguaje con el que el sistema en que vivimos puede ser entendido como un todo. Sus contradicciones fueron analizadas, su dinámica interior dejada al descubierto, sus orígenes históricos examinados y su potencial caída anunciada. Esto no quiere decir que Marx considerara al capitalismo simplemente como una Mala Cosa, como admirar a Sarah Palin o echar el humo del tabaco a la cara de los niños. Por el contrario, era extravagante en su alabanza de la clase que lo creó, un hecho que tanto sus críticos como sus discípulos han disimulado convenientemente. No hay sistema social en la historia, escribió, que haya demostrado ser tan revolucionario. En un puñado de siglos, las burguesías (middle classes) capitalistas habían borrado de la faz de la tierra casi todo el rastro de sus enemigos feudales. Habían acumulado tesoros materiales y culturales, inventado los derechos humanos, emancipado a los esclavos, derrocado a los autócratas, desmantelado los imperios, lucharon y murieron por la libertad humana, y sentaron las bases de una civilización verdaderamente global. Ningún documento prodiga elogios tales como ese histórico y poderoso logro que es El Manifiesto Comunista, ni siquiera el Wall Street Journal. [1]
Eso, sin embargo, fue sólo una parte de la historia. Hay quienes ven la historia moderna como un relato apasionante de progreso, y quienes lo ven como una larga pesadilla. Marx, con su perversidad habitual, pensó que era ambas cosas. Cada avance de la civilización ha traído consigo nuevas posibilidades de barbarie. Los lemas de la gran revolución burguesa (middle-class), “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, fueron también sus consignas. Él simplemente se preguntó por qué esas ideas no podrían ponerse en práctica sin violencia, pobreza y explotación. El capitalismo había desarrollado energías y capacidades humanas más allá de toda medida anterior. Sin embargo, no había utilizado esas capacidades para hacer que los hombres y mujeres se liberaran de la fatiga inútil. Por el contrario, se los había forzado a trabajar más duro que nunca. En las civilizaciones más ricas de la tierra se padecía tanto como en sus antepasadas ​​del Neolítico.
Esto, consideraba Marx, no era debido a la escasez natural. Se debía a la forma peculiarmente contradictoria en la que el sistema capitalista genera sus fabulosas riquezas. Igualdad para algunos significa desigualdad de los demás, y libertad para algunos supone opresión e infelicidad para muchos. La voracidad del sistema a la búsqueda de poder y beneficio había convertido las naciones extranjeras en colonias esclavizadas, y a los seres humanos en juguetes de las fuerzas económicas más allá de su control. Había asolado el planeta con la contaminación y la hambruna masiva, y cicatrizado con guerras atroces. Algunos críticos de de Marx señalan con razón la atrocidad de los asesinatos en masa en la Rusia y la China comunistas. No suelen recordar con idéntica indignación los crímenes genocidas del capitalismo: las hambrunas de finales del siglo XIX en Asia y África en los que murieron muchos millones de personas; la carnicería de la Primera Guerra Mundial, en la que las naciones imperialistas masacraron a sus propios trabajadores en la lucha por los recursos mundiales; y los horrores del fascismo, un régimen al que el capitalismo tiende a recurrir cuando su espalda está contra la pared. Sin el sacrificio de la Unión Soviética, entre otras naciones, el régimen nazi aún podría estar incólume.
Los marxistas alertaron de los peligros del fascismo mientras los políticos del llamado mundo libre seguían preguntándose en voz alta si Hitler era un tipo tan desagradable como lo pintaban. Casi todos los seguidores actuales de Marx rechazan las villanías de Stalin y de Mao, mientras que muchos no-marxistas seguirían defendiendo enérgicamente la destrucción de Dresde o Hiroshima. Las modernas naciones capitalistas son en su mayor parte fruto de una historia de genocidio, violencia y exterminio igual de detestables que los crímenes del comunismo. El capitalismo también fue forjado con sangre y lágrimas, y Marx estuvo allí para presenciarlo. Es sólo que el sistema ha estado funcionando el tiempo suficiente para que la mayoría de nosotros olvidemos ese hecho.
La selectividad de la memoria política tiene algunas curiosas formas. Tomemos, por ejemplo, el 11/S. Me refiero al primer 11/S, no al segundo. Me refiero al 11/S que tuvo lugar exactamente 30 años antes de la caída del World Trade Center, cuando los Estados Unidos ayudaron a derrocar al gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende en Chile, instalando en su lugar a un dictador odioso que asesinó muchas más personas de las que murieron en ese terrible día en Nueva York y Washington. ¿Cuántos estadounidenses son conscientes de ello? ¿Cuántas veces ha sido mencionado en Fox News? [2]Marx no era un soñador utópico. Por el contrario, comenzó su carrera política peleando ferozmente con los utópicos soñadores que le rodeaban. Tenía tanto interés en una sociedad humana perfecta como lo pueda tener un personaje de Clint Eastwood, y nunca habló de forma tan absurda. No creía que hombres y mujeres pudieran superar al Arcángel Gabriel en santidad. Por el contrario, creía factible que el mundo pudiera convertirse en un lugar considerablemente mejor. En eso fue un realista, no un idealista. Quienes de verdad esconden la cabeza -la moral de avestruz de este mundo- son aquellos que niegan que no puede haber ningún cambio radical. Se comportan como si Padre de familia y la pasta dentífrica multicolor fuera a seguir existiendo en el año 4000. Toda la historia de la humanidad refuta este punto de vista.
El cambio radical, sin duda, puede no ser para mejor. Tal vez el único socialismo que veamos sea uno impuesto a un puñado de seres humanos que puedan escabullirse de algún holocausto nuclear o de un desastre ecológico. Marx habla incluso agriamente de la posible “mutua ruina de todos los partidos”. Un hombre que fue testigo de los horrores de la Inglaterra industrial-capitalista era poco probable que albergara presunciones idealistas acerca de sus congéneres. Todo lo que quería decir es que hay recursos más que suficientes en el planeta para resolver la mayoría de nuestros problemas materiales, así como que había comida más que suficiente en Gran Bretaña en la década de 1840 para alimentar a la hambrienta población irlandesa varias veces. Es la manera en que organizamos la producción lo que es crucial. Notoriamente, Marx no nos proporcionó un plan sobre cómo hacer las cosas de forma diferente. Es bien sabido que tiene poco que decir sobre el futuro. La única imagen del futuro es el fracaso del presente. No es un profeta en el sentido de mirar en una bola de cristal. Es un profeta en el sentido bíblico de alguien que nos advierte de que, a menos que cambiemos nuestras injustas maneras, es probable que el futuro sea muy desagradable. O que no haya futuro en absoluto.
El socialismo, pues, no depende de un cambio milagroso en la naturaleza humana. Algunos de los que defendieron el feudalismo contra los valores capitalistas en la Baja Edad Media predicaban que el capitalismo nunca funcionaría, ya que era contrario a la naturaleza humana. Algunos capitalistas ahora dicen lo mismo sobre el socialismo. Sin duda hay una tribu en algún lugar de la cuenca del Amazonas que cree que no puede sobrevivir un orden social donde un hombre puede casarse con la mujer de su hermano fallecido. Todos tendemos a absolutizar nuestras propias condiciones. El socialismo no ahuyentaría la rivalidad, la envidia, la agresión, la posesividad, la dominación y la competencia. El mundo todavía mantendría su ración de matones, tramposos, vividores, oportunistas y psicópatas ocasionales. Es sólo que la rivalidad, la agresión y la competencia ya no adquirirían la forma de ciertos banqueros quejándose de que sus bonos se han reducido a un unos miserables 5 millones de dólares, mientras que millones de personas en todo el mundo luchan por sobrevivir con menos de 2 dólares al día.
Marx fue un pensador profundamente moral. Habla en El Manifiesto Comunista de un mundo en el que “el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos”. Este es un ideal para guiarnos, no una condición que podamos alcanzar nunca del todo. Pero su lenguaje es sin embargo significativo. Como buen humanista romántico, Marx creía en la singularidad del individuo. La idea impregna sus escritos de principio a fin. Tenía pasión por lo sensualmente específico y aversión a las ideas abstractas, a pesar de lo ocasionalmente necesarias que pensaba que podrían ser. Su llamado materialismo está en la raíz del cuerpo humano. Una y otra vez, habla de la sociedad justa como aquella en la que hombres y mujeres sean capaces de realizar sus poderes y capacidades distintivos en sus propias formas distintivas. Su objetivo moral es la autorrealización placentera. En esto se une a su gran mentor Aristóteles, que entiende que la moralidad trata de cómo florecer más rica y agradablemente, y no ante todo (como la edad moderna desastrosamente imagina) sobre las leyes, derechos, obligaciones y responsabilidades.
¿Cómo este objetivo moral difiere del individualismo liberal? La diferencia es que, para lograr la verdadera realización personal, Marx cree que los seres humanos deben encontrarla en los otros, los unos a través de los otros. No es sólo una cuestión de que cada uno haga sus propias cosas aislado de los demás. Lo que ni siquiera sería posible. El otro debe ser el terreno de nuestra propia realización, al mismo tiempo que él o ella nos proporcionan nuestra misma condición. A nivel interpersonal, es lo que se conoce como amor. En el plano político, se lo conoce como socialismo. El socialismo para Marx sería simplemente cualquier conjunto de instituciones que permitieran que esta reciprocidad ocurriera en la mayor medida posible. Piénsese en la diferencia entre una empresa capitalista, en la que la mayoría trabaja para el beneficio de unos pocos, y una cooperativa socialista, en la que mi propia participación en el proyecto aumenta el bienestar de todos los demás, y viceversa. No se trata de que haya un santo auto sacrificio. El proceso está integrado en la estructura de la institución.
El objetivo de Marx es el ocio, no el trabajo. La mejor razón para ser un socialista, excepto para los pesados a los que sucede que no les gusta, es que detestas tener que trabajar. Marx pensaba que el capitalismo había desarrollado las fuerzas productivas hasta el punto de que, bajo relaciones sociales diferentes, podrían ser utilizadas para emancipar a la mayoría de hombres y mujeres de las formas más degradantes de trabajo. ¿Qué pensaba que íbamos a hacer entonces? Lo que quisiéramos. Si, como el gran socialista irlandés Oscar Wilde, optamos simplemente por estar todo el día echados, con vaporosas prendas carmesí, bebiendo absenta y leyéndonos las páginas impares de Homero uno a otro, entonces que así sea. La cuestión, sin embargo, era que este tipo de actividad libre tenía que estar disponible para todos. Nosotros ya no toleraríamos una situación en la que la minoría tuviera tiempo de ocio porque la mayoría tuviera que trabajar.
Lo que interesaba a Marx, en otras palabras, era lo que un poco engañosamente se podría llamar lo espiritual, no lo material. Si las condiciones materiales tuvieran que ser cambiadas, que lo fueran para liberarnos de la tiranía de lo económico. Él mismo era asombrosamente muy leído en literatura mundial, le encantaba el arte, la cultura y la conversación civilizada, se deleitaba con el ingenio, las comicidad y el buen humor, y una vez fue perseguido por un policía por romper una farola en el transcurso de una juerga. Era, por supuesto, ateo, pero no hay que ser religioso para ser espiritual. Fue uno de los muchos y grandes herejes judíos, y su obra está saturada de los grandes temas del judaísmo, como la justicia, la emancipación, el Día del Juicio, el reinado de paz y abundancia, la redención de los pobres.
¿Qué hay, pues, del pavoroso Día del Juicio final? ¿No preveía Marx que la humanidad requeriría una revolución sangrienta? No necesariamente. Pensaba que algunos países, como Gran Bretaña, Holanda y los Estados Unidos, podrían alcanzar el socialismo en paz. Si bien era un revolucionario, era también un vigoroso campeón de la reforma. En cualquier caso, cuando las personas dicen que se oponen a la revolución por lo general eso significa que les disgustan ciertas revoluciones, y otras no. ¿Son los estadounidenses antirrevolucionarios hostiles a la Revolución Americana como lo son a la cubana? ¿Se frotan las manos con las insurrecciones recientes de Egipto y Libia, o con las que derribaron las potencias coloniales en Asia y África? Nosotros mismos somos productos de levantamientos revolucionarios ocurridos en el pasado. Algunos procesos de reforma han sido mucho más sangrientos que algunos actos revolucionarios. Hay tantas revoluciones de terciopelo como violentas. La Revolución Bolchevique se llevó a cabo con escasas pérdidas humanas. La Unión Soviética que engendró cayó unos 70 años más tarde, sin apenas derramamiento de sangre.
Algunos críticos de Marx rechazan una sociedad dominada por el Estado. Y así lo pensaba él. Detestaba la política de Estado tanto como le disgusta al Tea Party, aunque por razones bastante menos chuscas. ¿Fue, podrían preguntar las feministas, un patriarca victoriano? Por supuesto. Pero como algunos comentaristas (no marxistas) modernos han señalado, fueron los hombres del mundo socialista y comunista, hasta el resurgimiento del movimiento de las mujeres en la década de 1960, los que consideraron que la cuestión de la igualdad de la mujer era vital para otras formas de liberación política. La palabra “proletariado” se refiere a los que en la sociedad antigua eran demasiado pobres para servir al Estado con otra cosa que no fuera el fruto de su vientre. “Proletarios” significa “descendientes”. Hoy en día, en los talleres y en las pequeñas granjas del tercer mundo, el típico proletario sigue siendo una mujer.
Lo mismo ocurre con las cuestiones étnicas. En las década de 1920 y 1930, prácticamente los únicos hombres y mujeres que predicaban la igualdad racial eran comunistas. La mayoría de los movimientos anticoloniales fueron inspirados por el marxismo. El pensador anti socialista Ludwig von Mises describe el socialismo como “el movimiento de reforma más potente que la historia haya conocido jamás, la primera tendencia ideológica no limitada a una parte de la humanidad, sino respaldada por gente de todas las razas, naciones, religiones y civilizaciones”. Marx, que conocía su historia un poco mejor, podría haberle recordado a von Mises el cristianismo, pero la cuestión sigue siendo contundente. En cuanto al medio ambiente, Marx prefigura asombrosamente nuestra propia política verde. La naturaleza, y la necesidad de considerarla como aliada en lugar de antagonista, era una de sus preocupaciones constantes.¿Por qué podría Marx volver a estar en nuestras preocupaciones? Irónicamente, la respuesta es: por el capitalismo. Cada vez que uno oye hablar a los capitalistas sobre el capitalismo, uno sabe que el sistema tiene problemas. Por lo general, prefieren un término más anodino, como el de “libre empresa”. Las crisis financieras recientes nos han obligado una vez más a pensar la organización en la que vivimos como un todo, y fue Marx quien primero lo hizo posible. Fue El Manifiesto Comunista el que predijo que el capitalismo se convertiría en mundial, y que sus desigualdades se agudizarían gravemente. ¿Tiene su trabajo algún defecto? Cientos. Pero es un pensador demasiado creativo y original para ser reducido a los vulgares estereotipos de sus enemigos.NOTAS T.: [1] The Wall Street Journal, el diario ultra liberal editado en el corazón del complejo financiero del Imperio, defensor a ultranza de las políticas monetaristas y especulativas responsables de la crisis mundial.[2] Fox News, cadena televisiva en USA, propiedad del grupo Murdoch, conocida por su conservadurismo extremista y guerrerista, representante de los sectores radicalizados del Partido Republicano, como el Tea Party.
Terry Eagleton, internacionalmente reconocido crítico cultural en la tradición marxista británica de Raymond Williams, es profesor de literatura en la Universidad de Manchester. Se ha publicado recientemente en castellano (editorial Debate) su interesante libro de memorias: El portero. Anaclet Pons es un historiador catalán. Maniene un interesante blog (Clionauta: Blog de Historia), en donde apareció por vez primera esta traducción.Traducción para www.sinpermiso.info: Anaclet Pons
Se tomó de Sin Permiso: http://www.sinpermiso.info/articulos/portema/#

Como lo señalé en la entrada lo tomé de sin permiso http://www.sinpermiso.info/articulos/portema/#
que a su vez lo tomó de http://clionauta.wordpress.com/2011/04/15/elogio-de-marx/, traducción de Anaclet Pons.
Pero también hay una traducción original en http://www.vicamswitch.com/2011/04/terry-eagleton-porque-marx-estaba-en-lo-correcto/, de Alejandro Valenzuela con el título "Porqué Marx estaba en lo correcto".
La traducción de Pons se publicó el 15 de abril y la de Valenzuela el 25 de abril ambas de 2011

Como salir del neoliberalismo

Como salir del neoliberalismo
MCR [20.03.08] Discurso de Álvaro García Linera, vicepresidente de la República de Bolivia en el acto de clausura del primer Encuentro de Pueblos y Estados por la Liberación de la Patria Grande, realizado en la ciudad de Sucre (Bolivia) del 27 al 29 de octubre de 2006.
(Transcripción de audio grabado)
Compañeros y compañeras:
Permítanme hacerles llegar el más cariñoso y fraterno saludo de nuestro presidente Evo Morales, presidente que ha seguido paso a paso este encuentro continental, que ha vibrado con ustedes en cada uno de los debates, y que por razones de un trabajo muy complicado que todavía está pendiente de negociaciones y de temas que tienen que ver con petróleo y minería no pudo venir acá. Pues les ha mandado un saludo fraterno, cariñoso y agradecido a todos ustedes.
Permítanme reflexionar tres puntos con ustedes: el tema de cómo salir del neoliberalismo, el tema del Estado y los movimientos sociales y el tema del socialismo.Nuevamente en el continente, desde hace unos cinco a siete años, lentamente los pueblos, la gente digna, la gente trabajadora, la gente humillada ha comenzado a levantar procesos de movilización, procesos de lucha y de enfrentamiento contra lo que llamamos neoliberalismo. No cabe duda de que el componente latinoamericano es la vanguardia de la lucha contra el régimen neoliberal que se ha consolidado y que se ha ido implantando en los últimos veinticinco años en el mundo entero.
Parafraseando a Marx, se puede decir que el fantasma del antineoliberalismo o del posneoliberalismo recorre el continente, desde Oaxaca, en México, hasta Tierra del Fuego, en Chile; pasando por Venezuela, Ecuador, Brasil, Bolivia, etcétera. Es el continente también que está a la vanguardia de la reflexión y de la movilización planetaria: ¿cómo salimos del neoliberalismo?, ¿qué viene después del neoliberalismo?
Y para escudriñar qué es lo que viene después del neoliberalismo, por qué estamos luchando, es importante recordar los tres o cuatro grandes puntos centrales de lo que es, de lo que sigue siendo el neoliberalismo.
En primer lugar, neoliberalismo significa un proceso de fragmentación, de disgregación de las estructuras, de las redes de apoyo, de solidaridad y de movilización de los pueblos. En el mundo entero –Europa, América Latina, Asia–, el neoliberalismo se ha consolidado a medida que ha ido pulverizando, descuartizando, fragmentando al viejo movimiento obrero, al antiguo movimiento campesino, al antiguo movimiento barrial que se formó desde los años cincuenta, desde los años ochenta.
La fragmentación de la sociedad, su división interna, la destrucción de sus redes de solidaridad, de su tejido de asociación es lo que ha permitido la consolidación del régimen neoliberal.
En segundo lugar, el neoliberalismo se ha consolidado, o avanzó, imponiéndose en el mundo mediante la privatización, mediante la apropiación privada de las riquezas colectivas, de los bienes públicos –llámese empresas del Estado, llámese ahorros públicos, llámese tierra, llámese fondos de pensiones, llámese bosques, llámese minerales–. El neoliberalismo se consolidó privatizando esos recursos.En tercer lugar, el neoliberalismo se implantó “gibarizando” el Estado, empequeñeciendo el Estado; en la medida en que el Estado es –mal que bien– cierta idea de lo común, de lo colectivo, el neoliberalismo tenía que destruir esta idea del Estado como colectivo, como común, para implantar un tipo de corporativismo de Estado que se fue apropiando y usufructuando de las riquezas colectivas muchas veces acumuladas por dos, por tres, por cuatro o por cinco generaciones.
En cuarto lugar, el neoliberalismo se implementó expropiando la participación del pueblo, reduciendo la democracia al acto ritual de poner un voto cada cuatro años, pero donde las decisiones ya no radicaban en el ciudadano, en el votante, sino en pequeñas roscas, pequeñas elites de políticos que se arrogaban la representación del pueblo.
Cuatro entonces fueron, cuatro son los pilares del neoliberalismo: fragmentación de los sectores laborales y de trabajadores, de sus organizaciones; privatización de los recursos públicos; empequeñecimiento del Estado, y exportación o anulación de la verdadera participación de la gente en la toma de decisiones.
Si ésos son los cuatro puntos, los cuatro pilares del neoliberalismo que tanta pobreza, tanta marginación y tanta desgracia han creado en el país, entonces claramente hay que desmontar esos cuatro pilares y sustituirlos por otras estructuras, por otros mecanismos que le devuelvan a la sociedad, que les devuelvan a las patrias, que le devuelvan a la gente común, sencilla y trabajadora el derecho a decidir su destino.
En lo que se refiere a la fragmentación social, Bolivia es el ejemplo; pero también podemos mirar Ecuador, podemos mirar México, podemos mirar Argentina. La mejor forma de haber luchado y de estar luchando contra el neoliberalismo es mediante la consolidación de movimientos sociales, de redes populares, de organizaciones autónomas, de hombres y de mujeres, y de jóvenes y de obreros, de campesinos y de indígenas, de profesionales y de estudiantes. La organización, el restablecimiento de la sociedad civil, popular, indígena, campesina, es el primer pilar para ir desmontando el régimen neoliberal. En particular, los sectores que más duramente fueron golpeados en estos últimos veinticinco años: clase trabajadora, obrera; sectores indígenas, campesinos y jóvenes, fragmentados, debilitados, marginados, abusados en sus derechos. Hoy, la tarea de reconstruir nuevas formas de organización obrera que correspondan al tipo de trabajo fragmentado de la producción que ya no se concentra en grandes centros productivos, la organización de estructuras campesinas e indígenas en torno a la defensa de sus derechos de reapropiación de la tierra, la movilización de los jóvenes en pos del derecho a la ciudadanía real, para que ya no se conviertan en exiliados económicos del continente en Europa o en Estados Unidos. Ese tipo de trabajo (la reconstrucción desde abajo, desde la base), es la primera gran tarea, la primera gran labor que tenemos que emprender para ir desmontando el régimen neoliberal.
Acá, en Bolivia, hemos dado pasos en ese sentido y nos sentimos muy contentos, y miramos al mundo de una manera sencilla, de una manera humilde para ofrecer un conjunto de experiencias en este proceso de rearticulación del tejido social; quizás ya no por centro de trabajo, sino de base territorial, en torno a temas muy específicos: agua, tierra, hidrocarburos. Son las necesidades vitales, básicas, los puntos de unificación que tienen que ser gatillados para construir nuevas redes de agrupaciones obreras, campesinas, indígenas y populares que han sido desmontadas los últimos veinticinco años.
En segundo lugar, luchar contra el neoliberalismo es volver a socializar la riqueza colectiva, es volver a entregar a sus verdaderos dueños lo que siempre fue de todos y que en las últimas décadas fue privatizado por pequeñas roscas familiares. Y eso significa recuperar recursos naturales, hidrocarburos, agua, tierra, bosques. Solamente mediante un proceso de reapropiación social de la riqueza que es común a todos podremos ir desmontando el núcleo del neoliberalismo. Las experiencias que recorren el continente y en particular nuestra Bolivia, muestran que ése es el camino que la gente, la gente de a pie, la gente de base ha ido pensando y reflexionando de manera directa y autónoma. Acá en Bolivia, los grandes mecanismos de movilización fueron la defensa de la hoja de coca, la defensa del agua, la defensa de la tierra y la defensa de los hidrocarburos. En torno a esos ejes, la sociedad volvió a recuperar confianza; en torno a esos ejes, la sociedad volvió a recuperar capacidad de movilización; construyó liderazgos, construyó redes que unificaban ciudad y campo. Y ha sido gracias a ello que ahora podemos decir que en Bolivia tenemos un gobierno de movimientos sociales.
El tercer mecanismo de lucha contra el neoliberalismo tiene que ir por un potenciamiento del Estado. ¿Por qué el Estado? ¿Por qué en este momento se hace importante un repotenciamiento del Estado? Porque a través del Estado uno puede posesionarse de mejor manera en un contexto internacional adverso, de regímenes políticos transnacionales o de empresas extranjeras que tienen más poder económico, más poder político que dos, que tres o que cuatro Estados juntos. La consolidación de un Estado fuerte en lo económico, fuerte en lo político, fuerte en lo cultural permite a los movimientos sociales un escudo de protección, un blindaje internacional que ha de permitir la expansión de las luchas sociales. Reforzar el Estado, pero no en el sentido del viejo capitalismo de Estado, que fue también una forma de privatización de los recursos públicos. Tiene que ser un potenciamiento del Estado subordinado, permanentemente controlado y atravesado por la impronta, por la insurgencia, por la actividad de los movimientos sociales, que son la única manera de que ese Estado no sea una coartada de nuevos empresarios o de nuevos privatizadores.
Y un cuarto punto de esta lucha contra el neoliberalismo es el despliegue, es la innovación de múltiples maneras de democracia; es decir, de asumir en las manos de uno el control de su destino. Democracia no es solamente colocar un voto cada cuatro años; democracia es tener capacidad de participar en lo que sucede en el país: desde lo que va a pasar con la inversión de un municipio hasta definir si se firma un contrato petrolero o no se firma. Y en América Latina tenemos experiencias múltiples de democracia de base: en nuestras comunidades indígenas, en nuestros barrios populares, en las zonas obreras, entre los desocupados, hay múltiples gérmenes de democracia real, de democracia directa, de democracia comunitaria, de democracia participativa. Y éstos tienen que ser los escenarios de desarrollo, de iniciativas, de propuestas, de conquista de derechos. Porque solamente con la gente peleando por sus derechos, se podrá obtener la legalidad y la legitimidad de los derechos consagrados luego en los Estados y en las leyes.
Cuatro, entonces, son los pilares a desplegarse incesantemente en esta lucha contra el neoliberalismo: múltiples formas de democracia (comunitaria, directa, participativa; articuladas territorialmente, que sean el núcleo, la base de la democracia en nuestras sociedades); recuperación de nuestras riquezas colectivas para un control nuevamente por la sociedad; potenciamiento de un Estado subordinado a la sociedad que le permita ubicarse mejor en el contexto internacional, y procesos crecientes de unificación de movimientos sociales (de campo-ciudad, de indígenas y campesinos, de obreros jóvenes y obreros viejos, de desocupados y de sin techo, de sin tierra y asalariados).
Si esos cuatro pilares los vamos desplegando gradualmente, no tengo la menor duda de que el llamado posneoliberalismo o la sociedad que está más allá del neoliberalismo habrá de consolidarse inicialmente en el continente; y de ahí, si tenemos la suficiente fuerza y capacidad, irradiar a otros continentes. América Latina está a la vanguardia de la construcción, del debate y la organización de sociedades posneoliberales.
Pero aquí surge una pregunta que está implícita en el nombre mismo del encuentro: ¿cómo trabajar la relación entre Estado y movimiento social? Porque parece algo contradictorio. Estado por definición, es concentración de decisiones; por definición, Estado es monopolio de decisiones. Y movimiento social, por definición, es expansión de decisiones, socialización de decisiones.
Ésta es una tensión que tenemos que afrontar, y solamente la práctica resolverá cómo avanzamos en ello: Estado como concentración, movimiento como socialización, son una tensión permanente. Y les hablo de la experiencia de nuestro gobierno. Permanente tensión entre decisiones de los movimientos sociales –desde la selección de una persona para la burocracia estatal hasta la elaboración de una ley–. Pero, por otra parte, necesidad de tomar decisiones que puedan ser ejecutadas e impuestas sobre el resto opositor de la sociedad.
Éste es un viejo debate que se remonta a la Comuna de París, que es retomado por los soviets de Lenin, que es retomado por los consejos húngaros que hubo en Europa, y que aquí en Bolivia tiene una larga experiencia, desde Catavi, desde el 52, y que ahora se vuelve a repetir: cómo construir un Estado dirigido y liderado por movimientos sociales pareciera contradictorio. Pero no. Es quizás en esta tensión entre socialización y concentración, concentración, monopolio de decisiones y democratización de decisiones por la que las revoluciones del siglo XXI tienen que avanzar en las siguientes décadas.
Los movimientos sociales aquí tienen una gran responsabilidad; porque de resolverse esta tensión, desde América Latina podríamos postular y proponer a otros movimientos sociales en el mundo.
El debate hasta el año 2003 fue: los movimientos sociales no entran en el Estado. O era el debate de la vieja izquierda: el Estado tiene que estar solamente controlado por un partido, al margen de los movimientos sociales. El siglo XXI pareciera hacer marcar, a partir de nuestra experiencia como latinoamericanos, otra ruta: tensión permanente, dialéctica permanente entre Estado y movimientos sociales, entre socialización y concentración.
Y aquí los movimientos sociales tienen el siguiente reto: cómo lograr liderazgo social. Porque no basta entrar al Estado y tomar decisiones. Para que estas decisiones se legitimen, tienen que contar con el respaldo de otros sectores sociales, que no son movimientos sociales o que no son obreros o que no son indígenas. Y en Bolivia, para nuestro movimiento indígena está ese reto: cómo lograr seducir, cómo lograr conquistar, cómo lograr atraer a las clases medias que no están organizadas, cómo lograr atraer a los sectores profesionales que no están movilizados, cómo atraer al noventa por ciento de la sociedad.
Si eso lo logramos –compañera Silvia[1]― si eso lo logramos, el éxito será garantizado; porque no solamente será un gobierno de movimientos sociales sino que habrá sido un Estado de movimientos sociales con la capacidad de articular, de unir a la Patria en su conjunto, a la sociedad en su conjunto.Queda el tema: ¿qué tiene que ver una lucha contra el neoliberalismo, o qué tiene que ver el posneoliberalismo con el socialismo? ¿Es ya, de entrada, el posneoliberalismo un socialismo? Ése es otro debate entre movimientos sociales, entre intelectuales, entre líderes. Es un debate también en el interior de nuestro gobierno.
Está claro que el socialismo, entendido como una sociedad de felicidad donde la gente recupera el control de sus decisiones económicas, culturales y políticas de manera comunitaria no es algo que se construye ni en un año ni en diez ni en cincuenta ni algo que se define por decreto. Ese socialismo está anidado en las luchas contra el neoliberalismo. Y los revolucionarios, lo que tenemos que hacer, es potenciar esas tendencias que están presentes no en el papel, en los hechos prácticos. En el caso de nuestra sociedad, hay que potenciar la capacidad de organización de las comunidades indígenas, asediadas, golpeadas, fragmentadas por el colonialismo, pero que internamente tienen un potencial de comunitarización de la riqueza, de la producción, del uso de la tierra, del agua, de la técnica y de los materiales. Es deber de los revolucionarios potenciar, en esta lucha contra el neoliberalismo, esta tendencia de una sociedad socialista que en el fondo es reapropiación colectiva, social, de nuestras riquezas. En nuestras comunidades indígenas, que hay en México, que hay en Ecuador, que hay en Guatemala, que hay en Chile, que hay en Bolivia, que hay en el Perú, está anidado este potencial. Y hay que despertarlo, hay que impulsarlo, hay que expandirlo como una propuesta que vaya más allá del simple posneoliberalismo.
Pero también se requiere otras dos cosas. El viejo movimiento obrero de sindicato de gran empresa ha desaparecido, pero no ha desaparecido la clase obrera. Hay más obreros que antes. La mayoría mujeres, jóvenes sin sindicato, sin asociación, sin derechos, fragmentados en pequeños talleres dispersos. Es deber de los revolucionarios este proceso de rearticulación de un nuevo movimiento obrero, con nuevo discurso, compuesto por mujeres y jóvenes que tienen otro tipo de perspectivas, que hay que agruparlos por barrios, por oficio y ya no como empresa. Porque ahora cinco trabajan aquí, diez allá, veinte allí, treinta más allá; no forman una comunidad compacta. Hay que inventar mecanismos de repotenciamiento de un fuerte movimiento obrero continental; porque pareciera ser que en el continente latinoamericano, la unión virtuosa del movimiento indígena campesino más un nuevo movimiento obrero pudiera generar la potencialidad social real de un socialismo del siglo XXI en el continente.
Quedan entonces, compañeros y compañeros, muchas tareas. Y estas tareas uno las emprende en su país, en su barrio, en su sindicato, en su universidad. Pero la lucha de uno es insuficiente. La lucha de una persona o de un barrio o de una región o de una provincia o de un departamento o de un solo país no es suficiente. Porque el neoliberalismo, y más aun el capitalismo, es una estructura planetaria; y la única manera de superar a una estructura planetaria es mediante otra estructura planetaria, mediante luchas planetarias que se expandan en la reivindicación de derechos, de necesidades.
La presencia de ustedes acá nos regocija, no estamos solos. Y les agradecemos por venir acá a nuestra patria, a decirnos: “bolivianos, no están solos”. Muchas gracias por venir acá.
Sepan todos que la luchas de ustedes es también la nuestra. Nosotros sabemos que no habremos de triunfar si usted no triunfa, o si usted no triunfa, o si usted no triunfa. O ganamos todos o perdemos todos. Es el designio del siglo XXI. Y por eso –lo que dice la compañera–, estamos obligados, para poder ganar donde estemos, a globalizar las luchas. Y ahí tiene que haber una articulación de movimientos sociales y de Estados progresistas que permitan seguir expandiendo los lazos de solidaridad.
Y es muy importante, compañeros, que entendamos sus luchas; es muy importante que ustedes estén aquí y nos enseñen lo que están haciendo: qué está pasando en el Ecuador, qué pasa en la Argentina, qué pasa en México, qué pasa en Francia. Necesitamos aprender. Y no solamente unos cuantos intelectuales que podamos compartirlo. Hoy ésta es una obligación, una necesidad de cada campesino, de cada indígena, de cada obrero ansioso de aprender de ustedes y ansioso también de colaborar en las cosas que vienen haciendo. Compañeras y compañeros, a nombre de nuestro presidente de la república, a nombre nuestro, agradecemos su presencia acá. Les pedimos que no nos abandonen; y tengan la seguridad que nosotros tampoco los abandonaremos en cada una de sus iniciativas, en cada una de sus luchas, en cada una de sus victorias.
Muchas gracias.
[1]Se dirige a Silvia Lazarte, presidenta de la Asamblea Constituyente de Bolivia.

Renuncia

Hermosillo, Sonora a 15 de junio de 2011.


A quien corresponda
Presente:


Terminar una etapa no siempre es gozoso, por el contrario la mayoría de las veces es molesto, pero las etapas se cumplen y se tiene que asumir, mirando en retrospectiva podemos decir que el principio del fin se inició con la misma formación del PRD.
En la década de los 80's del siglo pasado la izquierda mexicana es comprimida por dos acciones: el rompimiento del nacionalismo revolucionario con el PRI y su adopción por la izquierda, que ya estaba embarcada en la toma del poder por la vía electoral y, dos, por la caída del muro de Berlín, al fin de la década, que dejó sin asidero, y por lo tanto huérfana, a la izquierda. Ante esta situación la izquierda entrega por cuentas de vidrio, sus principios, su moral, su prestigio y sus recursos al grupo que había roto con el PRI, algunos vimos con reticencia esta entrega, pero el entusiasmo de la mayoría nos apabulló, todos decían ahora si somos competitivos, estamos fuera de la marginalidad, seremos gobierno, a cambio de ser políticamente correctos, modernos se nos decía, ya no se quería tomar el poder para los jodidos, ahora de lo que se trataba era de ser gobierno para administrar el presupuesto y tener trabajo, a lo más era ser antineoliberales, o sea lavarle el rostro al capitalismo.
La idea de que el partido no solamente son sus dirigentes y militantes sino que también es su tradición, historia, recuerdos, leyendas, anécdotas, las expectativas y esperanzas que genera, sus documentos, sus aspiraciones, se fue diluyendo en el tiempo, el nacionalismo revolucionario, cuales conquistadores, iniciaron despilfarrando los recursos que con tanto sacrificio los jodidos habíamos acumulado, se deshacen de la editorial, vendieron edificios, borraron nuestra historia, nuestras creencias, ningunean a nuestros personajes, Vallejo, Othón Salazar, Heberto Castillo, Campa, Arnoldo, Revueltas, Benita Galeana, es herejía hablar de los jóvenes que en la segunda mitad del siglo pasado dieron su vida por tener una patria mejor, de soslayo se mencionan a los desaparecidos y a los muertos en la guerra sucia, ahora se ve hacia el norte, todos van a rendir pleitesía al imperio en la embajada gringa, no hay dignidad, América Latina y sus luchas son olvidadas, se oculta, quien fue Martí, Farabundo, Sandino, Sendic, Inti Paredo, Masetti, Guiteras, los luchadores del FMLN o los comandantes del FSLN; de México ignoran quien fue Jaramillo, Arturo Gámiz, Leopoldo De Gyves, Lucio, Genaro, Juan de Dios Terán, de Villa, Zapata y Cárdenas a lo más que se hace es poner una ofrenda el 18 de marzo, los actuales "militantes" no saben ni quienes fueron, menos que hicieron, la ignorancia como modo para quitarnos nuestra esencia. Ya no se preparan cuadros, con que sean gatos de los "dirigentes" y aprendan sus artes y mañas es suficiente, la escuela política del PRI, los jóvenes se inician cargando el maletín o lavando el carro o siendo chofer o simple mandadero y sicarios de la mafia ―que no son corrientes de opinión ni tendencias, pues no opinan nada ni se diferencias en nada unas de otra―, en que se inscriben para terminar recibiendo algunos mendrugos, algunos se quedan, otros, la mayoría gracias a Dios, se van artos de la "política".
A pesar de que el partido se sigue diciendo de izquierda no quiere saber nada de explotados, marginados y excluidos, porque cada vez se hace más funcional al capital, a los ricos, cada vez es más conservador y su derechización es irreversible. Ya no hay mística y mucho menos sacrificio, todo se hace por paga, desgraciadamente Andrés Manuel López Obrador impuso esta forma de trabajo con las brigadas del sol.

La corrupción entró por la puerta grande del partido, "cochupo mata estatuto" es la divisa de los actuales y pasados dirigentes, los conservadores y quienes viven del aparato y del presupuesto se apoderaron del partido.
La dirigencia actual se ha hecho experta para ganar las internas que les dan derecho a las pluris y totalmente incapaces para ganar las constitucionales y totalmente incompetentes para defender y reivindicar los intereses de los jodidos, por el contrario, las mafias regentean en su beneficio como su fuera una franquicia al partido, perdidos en su torpeza creen que hacer política es entregarse por igual a los poderes fácticos y a los gobiernos local, estatal o nacional, un dirigente estatal se ufanaba que había metido a la contabilidad del partido lo que el gobernador le entregaba de manera ilegal.
Las mafias que controlan el partido tienen años de no tomar en cuenta para nada a los activistas, porque militantes el PRD nunca ha tenido, en ninguna parte hay militancia, ni vida partidaria, por el contrario los jefes mafiosos se encargan de arrendar "canicas", dándoles dádivas para que voten por ellos. Los órganos del partido no funcionan, muchos de los consejeros municipales, estatales o nacionales ni saben que lo son o saben pero se encuentran más cómodos en el PRI o el PAN, el 95% de los afiliados al partido nunca fueron miembros de éste, todos lo saben pero todos se hacen tontos, nadie hace nada a pesar de que reconocen el franco proceso de descomposición, a quien se le pregunte, de los que se llevan en el partido por paga, hace un sesudo análisis de las causas y motivos del deterioro del partido, pero en cuanto se les invita a corregir las desviaciones hace otro sesudo análisis de porque ellos no pueden hacer nada: viven de agregar mendrugos a las migajas que el partido les da.
En los últimos ocho años regresé a participar en los órganos del partido con la vana ilusión de trasformar el partido, acepte ser secretario de organización del comité municipal de Hermosillo, por más que se les invitó a trabajar las mafias del partido hacían el vacío, nunca asistían salvo que buscaran alguna prebenda, ahora soy consejero municipal, de un consejo inexistente. Tanto el consejo municipal como el comité ejecutivo, en el último año se reunieron para tomar posesión y nunca más se han vuelto a reunir, lo peor los órganos del partido están tomados por priistas confesos.
Es tan triste la situación del partido que no hay ante quien renunciar, el presidente formal del comité estatal, Jesús Bustamante, hace mucho que se fue, mejor dicho nunca ha servido para nada, simplemente vegeta en el partido, dejando al partido como botín de las mafias, que se aprovechan de sus debilidades e incapacidades.
Aunque no hay ante quien renunciar de todas formas dejo constancia de mi renuncia al Partido de la Revolución Democrática, junto a ella entrego mi carnet de afiliado y la llave de la puerta del comité municipal.


Atentamente



Gerardo Valenzuela Valenzuela